Actualidad Pastoral

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El duelo por los muertos

 

El duelo por los muertos

Catéquesis

P.  José Angel Carrillo Gómez, cjm

 

Cuando se nos va un ser querido, nos detenemos a pensar seriamente en una de las realidades que más impactan al ser humano: la muerte.

La muerte llega como consecuencia de nuestro proceso natural de vida. Hay algunos seres que llegan más temprano a ella como el caso de los abortados o los asesinados. Sin embargo, la muerte está ahí siempre presente en nuestro planeta y como que se nos va volviendo rutinario el escuchar los noticieros que hablan acerca de guerras, violencia de dictadores contra sus pueblos, masacres…

Cuando David se entera de la muerte del rey Saúl, no se alegra, a pesar de ser su enemigo; más bien se entristece y todos sus soldados con él. Podría decirse que David en realidad tenía un buen corazón. Más adelante, el Hijo de David, el Hijo del Hombre, va a sugerir el amor por los enemigos (Lc 6:27-35). David desgarró sus vestidos, se lamentó, lloró y ayunó hasta la noche (2 Sam 1:11-12); los cristianos hacemos lo mismo.

Esa es la actitud que prescribe el sabio Jesús Ben Sirá: “…hijo, por un muerto, lágrimas derrama y como quien sufre cruelmente entona la lamentación; según el ceremonial entierra su cadáver y no seas negligente con su sepultura. Llora amargamente, date fuertes golpes de pecho. Haz el duelo según su dignidad, uno o dos días para evitar murmullos. Después consuélate de la tristeza.” (Sir 38: 16-17).

Uno se encuentra con casos de personas que todavía sufren cuando recuerdan a sus muertos. Podría ser que no siguieron las prescripciones del sabio debidamente.

Algún día, estando en el extranjero, fui a orar por una familia cuyo padre había muerto. Estando orando con ellos y fijándome en el ataúd, me pude dar cuenta que el difunto, bien vestido, yacía allí con unos billetes en medio de los dedos de su mano derecha. Al terminar la oración, pregunté a la señora cuál era la razón. Me contestó que no sabía. Que simplemente uno de sus amigos le había puesto esos billetes allí. ¿Será que tal vez le debía ese dinero y quería pagarle la deuda? ¿O sería más bien superstición? ¿Será qué al ponerle los billetes allí, le estaría pidiendo al mismo tiempo que le consiguiera más dinero? Es algo indescifrable. De todas formas, uno como pastor debe tratar de llevar la luz de Cristo a sus ovejas. Al final le sugerí a la señora que para que su esposo pudiera descansar en paz, orara mucho por él, ofreciera misas y que entregara ese dinero a los pobres pues no estaba bien que su esposo se llevara ese dinero para el más allá mientras que lo podía necesitar algún pobre en el más acá.

De verdad que hay muchos casos como este en nuestros lugares de pastoral. A veces se encuentra uno con casos de cristianos que le piden favores a los muertos como lo hacen en los países asiáticos especialmente en donde existe el culto a los muertos por tradición de los ancestros dentro del contexto del sintoísmo o del budismo.  Sin embargo, en nuestro contexto cristiano es importante entender que hay que tener cuidado con ese culto. ¿Cómo rendir adoración a una persona muerta después de que esa persona era un político corrupto, un terrorista, un asesino o un ser malvado?

Tampoco podemos dudar de que haya muchos santos no canonizados por la iglesia. Sin embargo, es importante entender que hay que orar por la iglesia sufriente. De hecho, la Iglesia es sabia y en todas las misas se ora por los fieles difuntos para que se les perdonen los pecados y puedan descansar en paz.

Hay algunos que no pueden descansar en paz como fue el caso del profeta Samuel. En el capítulo 28 del primer libro de Samuel (3-25); se nos narra el caso del rey Saúl que, desesperado porque veía cerca una guerra inminente que sospechaba iba a perder, recurre a una espiritista para que le invoque a un difunto. Este difunto es nada menos que el profeta Samuel, el cual, lo primero que hace al ser invocado por la nigromante, es reprender al rey por no dejarlo descansar en paz (v.15).

La actitud de Jesús con respecto a los muertos es clara. (cfr. Lc 9:57-62). Jesús nos propone más bien “…deja que los muertos entierren a los muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios…” (v.60). 

Para algunos es difícil seguir el consejo de Jesús. Necesitan de la gracia del desprendimiento incluso del que ya no está con nosotros para aferrarse definitiva y radicalmente al que está resucitado eternamente y que es Dios de vivos y muertos.

Algún día estando en Filipinas, me dijeron que fuera a presidir una eucaristía para una familia cristiana de ascendencia china que había perdido a un ser querido. Llegué bastante temprano al lugar pues estaba en otro pueblo. Mientras esperaba, salí a recorrer el cementerio. Me encontré con una gran sorpresa: Los lugares donde estaban enterrados los muertos eran casitas lujosas, en mármol la mayoría, con ventanas, puertas finas, sillas para hacer oración y muebles lujosos. Algunos mausoleos tenían incluso enseres. Me imaginé que tal vez las familias iban a orar cada domingo a esos lugares y por eso los muebles. Sin embargo, después me di cuenta que lo que había allí era una mezcla de cristianismo y culto a los muertos. Cuando llegó el momento de la homilía, comencé citando a Pablo en el areópago que se admiraba de las grandes efigies a los dioses griegos (ver Hechos 17, 18-23).

Fui al grano. Les dije que era importante reconocer como un valor el hecho de que no nos olvidemos de los seres queridos y que nuestra obligación como cristianos es orar por ellos, pero que también tuvieran en cuenta la sugerencia de Jesús que nos manda preocuparnos más por los vivos que por los muertos “…porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber. Estuve enfermo y en la cárcel y me visitaste…” (cfr. Mt 25:35).

Les mencionaba que miraran a su alrededor. En las calles de Manila hay muchos pobres que duermen debajo de los puentes. Ellos si necesitan casa porque son cristos vivos que necesitan de nuestra ayuda. Muchos de ellos no tienen muebles ni enseres ni comida.

¡Qué hermosa es la luz de Jesús especialmente cuando resplandece donde hay obscuridad! En efecto, muchas veces nos concentramos más en los muertos que en los vivos. El concentrarnos en los vivos nos ayuda a ganar méritos para entrar al Reino. El concentrarnos en los muertos, especialmente cuando no podemos desprendernos de ellos por alguna razón, nos puede llevar a la depresión e incluso a la pena moral. Por eso dice el sabio: “…no des tu corazón a la tristeza. Evítala acordándote de tu propio fin. No lo olvides; no hay retorno, a él no le aprovechará y tú te harás daño a ti mismo. Recuerda mi sentencia que será también tuya: a mí ayer, a ti te toca hoy. Cuando el muerto reposa, deja en paz su memoria, consuélate de tu pena porque su espíritu ya ha partido…” (Sir 38:20-23).

Bien lo dice el dicho popular “…el muerto al hoyo y el vivo al baile…”. Es un poco grotesco, pero es la realidad. Aunque la fe como cristianos nos dice que muchos de esos muertos siguen vivos especialmente los que siempre estuvieron unidos al Señor de la vida. El que vive unido aquí en la tierra a su Señor, cuando muere sigue unido a él por la eternidad.

 

Oremos con san Juan Eudes:

Señor, gracias por la vida. Gracias por el ratico que nos regalas aquí en la tierra. Haz que lo sepamos aprovechar de la mejor forma. Nos das el cielo de premio, pero te queremos a ti eternamente. Perdón Señor por todas las veces que hemos rechazado la vida de diversas formas. ¡Te pedimos nos ayudes a valorar más a los que tenemos a nuestro lado para que cuando partamos podamos escuchar tu voz que nos dirá…bienvenido discípulo amado, entra al gozo de tu Señor!